Reflexiones: El estado de la música y la sociedad

He tratado de realizar una reflexión extensa acerca del mundo de la música y de la percepción que la sociedad tiene de este. Por lo general, estas reflexiones suelen ser una crítica hacia la industria y la falta de asistencia conciertos, algo que, si bien es criticable, no puede comprenderse sin entender el contexto cultural y económico en el que se desenvuelve la música en España y países de América Latina, por lo que yo criticaré también a los propios músicos, y explicaré el por qué de esta falta de vida en la música en directo.

En España, como en américa latina, conviven dos mundos. Podríamos decir, por homenajear al maestro, que estamos “entre dos aguas”; por una parte el mundo pasado, en el que toda forma de cultura y conocimiento es visto como algo amenazante y despreciado a nivel económico y social. El mundo que considera que la música moderna y su estudio no tiene ninguna importancia ni prestigio alguno. Por otra parte nos encontramos con un mundo moderno, del que al parecer hemos terminado tomando únicamente lo peor. Si bien es cierto que la cultura y el acceso a la música está aumentando gracias a las redes sociales e Internet, no es menos cierto que el desprecio hacia la labor del músico continúa vigente. Es común escuchar a la gente diciendo que la música jamás debe ser un trabajo, como si su opinión fuera la única tener en cuenta y los demás no tuvieran derecho a elegir cómo ganarse la vida. Parece ser que esto no es aplicable a profesiones como la medicina (que se supone es una vocación), la psiquiatría, o el mero hecho de proveer a los demás de necesidades básicas (comercio).

También es común escuchar a la gente decir que los músicos debemos ganarnos la vida en directo, que no tenemos derecho a ingresar absolutamente nada por la obra que hemos concebido, que los conciertos y la música deberían ser gratis. Muchas de estas mismas personas tienen por profesión empleos que son considerados de primera necesidad, mucho más que la música, que por esa regla de tres debieran ser gratuitos.

Por ello, llegamos a una situación en la cual la gente considera que ser músico no es una profesión; ciudadanos supuestamente cultivados que te observan con extrañeza cuando les explicas que eres músico y profesor de música. Asimismo, exigen que hagas tu música gratis y que vibras de lo obtenido en directos. Sin embargo, esta idea, que a priori debería ser muy buena, choca con una realidad; la de la negación ante el avance cultural, y el miedo a la novedad. Y es que, vivimos en una época en la que nadie va a un directo, por barato que sea, si las bandas no han salido antes en los grandes medios y copan portadas de revistas. Algo que resulta difícil si previamente nadie te ha escuchado para juzgar si le gusta lo que haces.

Nos encontramos, llegados a este punto, con una innegable realidad: existe una fuerza en el ser humano que se opone a toda forma de novedad. Éste proceso, bien conocido en psicología, afecta incluso a personas que han cambiado su vida o sus costumbres para bien (depresiones . En el caso que nos atañe, la música, es algo evidente. Incluso en ámbitos supuestamente progresistas desde el punto de vista cultural, el rock, el metal, el blues,o el jazz nos encontramos con la filmación, de forma repetida, de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Curiosamente, esta afirmación suele estar realizada por personas que no investigan las nuevas formaciones, o que pretenden de un estilo tan innovador y progresista como el rock, el citado jazz, continúa manteniendo la misma forma estética rítmica y armónica de mediados del siglo XX. Este inmovilismo, que también encontramos en los propios músicos, impide a la larga un desarrollo cultural apropiado. En la empresa de la industria, empujada por el propio pueblo e incluso por los propios músicos, no invierte en una música novedosa, por miedo al fracaso o a la falta de aceptación de los medios. Las propios músicos terminan haciendo música que ya se ha hecho hasta la saciedad, resultan un producto poco apetecible para el público, que sin embargo, no pone ningún interés en escuchar los nuevos estilos musicales.

Este inmovilismo termina contagiándose a todas las áreas, alcanzando así al mundo de la música, y especialmente a los compositores, que, en un intento, generalmente fracasado, de ganarse la vida, terminan cediendo ante la presión social y haciendo música “de toda la vida”. Sin embargo, nos encontramos con un curioso fenómeno, y es que la gente critica esta música por ser demasiado similar al anterior, y termina gastando su dinero en ver únicamente grupos antiguos de altos vuelos. Esta actitud sería razonable si no fueran ellos mismos quienes demandan que las nuevas bandas lo mismo que las antiguas.

Por otra parte nos encontramos que esta actitud se extiende incluso las personas que dicen apoyar el mundo la música, y los propios músicos; es común ver que quienes defienden la música en directo acuden a ver sólo grupos ya establecidos y no de la oportunidad a nuevas bandas. Por lo tanto, las nuevas bandas no consiguen consolidar un público, y aquellos que tienen más calidad o que desempeñan su trabajo en el área de la música, terminan abandonando las bandas ya que no pueden perder el tiempo en un proyecto que no sólo no genera beneficios, sino que ocasionaba grandes pérdidas. Esto es notorio en el caso de los medios de comunicación, incluso los pequeños, que en muchos casos tratan con desprecio a bandas que, de hecho, en ocasiones, han terminado siendo famosas. Cuando lo son, pasan a convertirse en dioses casi intocables.

De nuevo, y extendiendo esto a otros ámbitos, vemos que comúnmente se habla de la crisis como problemática a la hora de generar asistencia los conciertos. Sin embargo, es común ver que la gente gaste 10 o 15 euros en una copa, y critique un concierto que cuesta 10 y tiene cuatro bandas locales. De esta forma las bandas locales terminan por retirarse, o jamás llegan a tener la oportunidad de ser escuchadas. Se genera una falsa sensación de falta de nivel que a todas luces es absurda, dada la actual preparación de los músicos en casi todo el mundo civilizado. Curiosamente, muchos españoles terminan triunfando en el extranjero, y otros tantos instrumentistas ganan premios e incluso en Estados Unidos. Por otra parte, muchos, especialmente los profesionales, se alejan de la composición por frustración, dado que saben que lo que cuenta es la publicidad y el dinero.

Resulta curioso como, con el grandísimo ambiente que vivimos a nivel musical, plagado de bandas de altísima calidad, autoproducidas en muchos casos con gran acierto, y por primera vez compitiendo en nivel con las bandas anglosajonas, la mayor parte de los músicos y melómanos se refieran a una “crisis creativa” que solo está en su cabeza y de la que todos somos culpables. “Ya no se hace música como antes”, “todos los grupos suenan iguales”… son afirmaciones hechas por personas que generalmente no se molestan en escuchar nada que no digan los medios. Recordemos que bandas como Van Halen y Aerosmith, o los Rolling, se hicieron famosas porque la gente acudía a salas de concierto a ver grupos que no conocían… Por otra parte, es lógico que no se haga la misma música que en los 70. Estamos en el 2014, y la música moderna se caracteriza por su variabilidad y el cambio. Nuestros abuelos pensaban que el rock era estridente y nuestros bisabuelos y tatarabuelos, que el jazz y el blues eran ruído. No caigamos en el mismo error, no envejezcamos culturalmente y nos volvamos herméticos.

No quiero tampoco olvidarme de la tendencia, existente en revistas y webzines, de anclarse al llamado formato físico del cd y de la grabación en supuestos estudios profesionales, denostando el trabajo que realizan muchos músicos con amplios conocimientos de producción y marginando las llamadas autoproducciones.  Es algo similar a lo que ocurre con determinadas salas y medios de comunicación  con las bandas que deciden no tener un manager promotor.  Les hacen el vacío por tratar de salir de ese sistema de intermediarios, que encarece el producto final y le resta beneficios a los propios músicos.

Por último, nos encontramos también con una absurda guerra. Conservatorio vs escuelas modernas. Berklee, el MI, la reciente adquisición del plan Bolonia, el Rock School, grandes escuelas (en España la creativa, el aula, siglo XXI y muchas que no conozco) y personas con una formación en armonía increíble, capaces de desentrañar un tema de Pat Metheny, Coltrane, Dream Theater… con facilidad. En el conservatorio, igualmente, hay grandísimos músicos que practican un estilo clásico, no tan dado a la improvisación, con más énfasis en el respeto al original y unas formas expresivas más basadas en dinámica (cambios de volúmen) y agógica (cambios de tempo).

Ambas escuelas son compatibles y necesarias. Pero que los propios músicos caigan en el error de denostar una u otra elección demuestra que no son tan buenos músicos. Nos encontramos con músicos que afirman que un músico de conservatorio hace carrera profesional mientras que otro que ha estudiado las mismas áreas en música moderna, y tiene títulos reconocidos “no es profesional” o “no ha estudiado”. Esta actitud ha evitado que países musicalmente tercermundistas en el plano cultural, como España, avancen y rompan la brecha con los países anglosajones, mucho más interesados en la educación como ciencia y forma de vida. Se afirma, sobre personas con título de música moderna, diplomas y una formación que ha durado año que “no, él no ha estudiado música profesionalmente, no fue al conservatorio”. Cuando la realidad es que acudir al conservatorio, para estudiar música moderna, es un despropósito tan grande como acudir a una escuela moderna (como hacen algunos) para estudiar clásica.

En cambio en otro sector de la sociedad y los músicos encontramos el desprecio contrario, hacia la propia música clásica. “Está muerta”, “no tiene sentido estudiar música de hace 400 años” etc. Esto, primero, demuestra un fortísimo desconocimiento de las estructuras musicales modernas, que obviamente, beben del clásico, como lo hacen de otras culturas (música negra, oriental, folk etc). Además, estas afirmaciones son falsas en tanto en cuanto en muchos ámbitos modernos, como bandas sonoras, se sigue empleando la música clásica, estilo que, por cierto, no está en absoluto muerto. Hay grandes compositores que mezclan bases clásicas con modernas, como John Williams, Kamen, Hans Zimmer, o Goldsmith, a lo largo del siglo XX y XXI.

Por último, y de nuevo en el ámbito de los músicos, nos encontramos con una actitud de envidia y soberbia generalizada que raya el absurdo y la animalidad como comportamiento.

Es común del ambiente musical de una ciudad un ambiente de envidia y soberbia, generalizado entre las distintas bandas. En lugar de apoyarse mutuamente, como se hace en otros gremios, o de tratar de destacar mejorando cada día, es típico de la cultura latina criticar al que lo hace mejor, o tratar de derribar al que tiene ganas, esfuerzo, e ilusión, al margen de sus capacidades. Así, nos encontramos con un ambiente poco colaborativo y muy receloso; gente que actúa como estrellas y que dedica su vida a criticar a los demás en lugar de formarse como músicos, y personas que no confían en su propio ambiente cultural/laboral.  Esto deriva en una falta de unión dentro del colectivo de músicos, lo que causa división, y por ello, falta de capacidad a la hora de combatir los problemas que afronta el sector.

Esto explica por sí mismo porque los músicos son incapaces de formar sociedades de gestión de derechos que no esquilmen al ciudadano o al propio músico, y que están más preocupadas de evitar que se toque en un directo solidario una versión, que de defender la integridad y la transparencia dentro de su estructura y luchar por un reparto más justo de los ingresos o promocionar la nueva música. Plataformas como Spotify, que apenas dejan dinero los músicos, pero son un primer paso hacia una nueva era, serían una quimera en un país como España, con una mentalidad poco progresista y anclada en el pasado. La desunión evita demás coaliciones de músicos que propongan alternativas a las sociedades de gestores, y la actitud de los sucesivos gobiernos y los gabinetes de cultura tampoco han ayudado existe un monopolio en la gestión de la cultura y el patrimonio intelectual.

Por ello, y cerrando esta reflexión, considero que músicos, sociedad, gobierno, empresas gestoras, y medios de comunicación, somos igualmente culpables a la hora de analizar la situación que vive la música en nuestra cultura. La solución es, evidentemente, un cambio de mentalidad, una revitalización del ansia por innovar y conocer, una mayor unión en el sector, más solidaridad, y educación cívica. Los problemas del mundo de la música no son exclusivos de este ámbito; son un fiel reflejo de la falta de educación e interés social, empezando por los propios músicos, y del miedo hacia la innovación y el movimiento cultural.

Ojalá, con sacrificio y esfuerzo, podamos ver un mundo nuevo, en el que todo esto cambie.

 

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